Digamos, que para muchos, experimentar es... vivir. La
novedad, la curiosidad, la adquisición de conocimientos o habilidades producen
un enriquecimiento en la calidad de vida de las personas. Pero a veces, nos
empecinamos en no dejar experimentar a los demás o incluso, a nosotros mismos.
¿Será por falta de información?
El deseo humano inicial suspira por saber de sus capacidades,
comprender lo que le rodea, tratar de mejorar y alcanzar una meta mayor. Desde
que nacemos buscamos entender que nos regala el mundo, determinar las
posibilidades frente a él y disfrutar al conseguir las metas. Cuando
experimentamos, nos preparamos para un mundo desconocido en el que hay
situaciones placenteras, peligrosas, tristes, divertidas o caóticas, por citar
algunas. Lo importante de este proceso de experimentación, es que prevenimos y
definimos en cierta medida la realidad en la que nos movemos, descubriendo los
triunfos, las derrotas o el desconsuelo propio y/o de las personas ajenas. Esta
experimentación viene precedida por algo que nos mueve a interactuar, a conocer
o a vivir. Ese algo, es prácticamente instintivo, y se le ha llamado
"curiosidad". Todas las personas y animales tenemos curiosidad, con
mayor o menor disposición o intensidad. Y aunque ésta repercute en las
probabilidades de encontrar y determinar nuestros gustos, satisfacciones,
miedos e incluso, explicación y sentido a nuestra vida, conforme pasa el
tiempo, se deteriora y apaga su inquietud de manera preocupante. ¿Y por qué? Existen
varios factores que repercuten en el cese de la llama de la curiosidad. Antiguamente,
se determinaba que cuando se experimentaban los miedos y tenían repercusiones
negativas en las personas, daba como resultado que la persona fuera menos
curiosa e inquieta, por temor a experimentar este tipo de situaciones no
agradables. Un dicho frecuente para este tipo de situaciones era aquel de
"la curiosidad mató al gato". Pero tras el paso del tiempo, se puede
determinar que el agotamiento de nuestro instinto curioso e investigador se
debe en su mayoría a dos problemáticas.
La primera ha surgido en los últimos años de manera alarmante
y es fácilmente detectable a ojos de inexpertos. ¿Quien no ha visto a unos histéricos
padres imposibilitando que corran sus hijos por temor a que caigan y se den un
golpe? Si, quiere evitar que el niño lo pase mal, pero si no posibilita el
aprendizaje, ¿cuándo aprenderá? Ya no solo eso, puedes inculcar una excesiva
prudencia que va a tener repercusiones que, en general, no dejará al pequeño
disfrutar de las cosas que debería haber realizado y por lo tanto, de hacerlo
en un futuro lejano, actuará con miedo, pues es a lo que ha asociado el hecho
en sí. Si les parece una derivación leve y omisible, pueden seguir leyendo
perjuicios. Esta sobreprotección puede causar dificultades para la toma de
decisiones del niño al no poder realizar las cosas por si solo, comparándose
con la facilidad de quien sí ha tenido un correcto aprendizaje. Este intensivo
cuidado del pequeño puede ocasionar un severo negativismo en el pensamiento,
con un bajo concepto de si mismo y de la autoestima a causa de sus miedos inculcados, por lo que
muchas veces, agitan la bandera blanca y se rinden, sin dar lugar al fallo
antes de intentarlo. Esta atención paterna en riesgos infantiles repercutirá en
su propia relación con el chico conforme pasen los años, porque su argumento
para determinar que no sabe algo, es básicamente "porque mis padres no me
han dejado". La idea de protegerlos sobre un mal está perfecta, pero no
todas las experiencias deben ser consideradas malas para el desarrollo
evolutivo de una persona. Recuerden que todos debemos caernos para levantarnos
luego.
La segunda de las problemáticas tiene una conexión con la comodidad
y la sociedad en la que vivimos. La mayoría de las personas están enlazadas o
atadas a la sociedad, de manera que las experiencias vividas van de la mano. Es
decir, muchas de las vivencias rutinarias consisten en sentarse a ver la
televisión para ver los deportes o la prensa rosa, disfrutar del apasionante
mundo del tráfico rodado o llenar de salud nuestro cuerpo los sábados noche.
Pueden pensar que son los peores casos posibles, pero... ¿Que experimentan como
novedad cada día? ¿Qué les hace despertarse con inquietudes y ganas de levantarse?
La sociedad les dicta, comenta o influye a comprar cierto objeto mediante la
publicidad, salir a andar porque lo ha recetado un medico o a como tener que ir
vestido según los familiares, los amigos o el famoso de turno. Prueben, y hagan
algo que no esté normalizado, como ir a ver el amanecer antes de entrar en el
trabajo. El comentar haber realizado esta acción hará que los ojos del
alrededor miren extrañadamente a quien se le ocurre una idea tan rara. ¿Cómo
voy a levantarme un poco antes para ir a ver el amanecer? ¡Con lo a gusto que
se está en la cama! Nuestra respuesta a estos casos es sencilla: ¿Comodidad?
No, gracias, prefiero vivir. Y no hay nada más. Puedes decidir ver los miles de
lugares maravillosos que tiene este mundo por fotos en facebook o recorrer kilómetros
y visitarlos personalmente. Puedes ir al trabajo utilizando el metro para
llegar 20 minutos antes o perder esos 20 minutos en disfrutar del paseo y darle
vida a tu cuerpo. Se puede hacer todo por comodidad o se puede hacer todo por
vivir experiencias. Busca un término medio, procurando hechos y actos diferentes
a la sociedad. Solo van a repercutir en experimentar las posibilidades que se
nos ofrece.
Ciertamente, la experimentación dictará lo que realmente se
quiere hacer con la vida, siendo tan meramente personal de cada sujeto que es
la que guiará por las tantas elecciones que tomamos durante nuestra existencia.
Puede que más de una vez, la "curiosidad haya matado al gato", que lo
haya dejado apático y sin ganas de aprender. Pero... ¿y si la satisfacción lo
revivió? ¿Pueden imaginar ese sentimiento?
