El juego

     Primero lo disfrutábamos de niños, después lo evadíamos en la adolescencia. No mucho mas tarde lo añorábamos cuando adultos y finalmente, lo perdemos en la vejez. Hablamos del juego y de nuestra capacidad de recreación, esa característica intrínseca del antiguo niño travieso que correteaba sin ton ni son, de esa chiquilla que le encantaba salir al parque con sus amigos, del crio que explicaba las reglas del siguiente juego o del chaval que se las saltaba a su antojo para ganar. ¿Qué ha pasado con nuestra raíz más divertida?

     Cuando le damos sentido a la palabra juego se nos viene a la cabeza aquellas actividades que realizábamos cuando pequeños, con nombres tan ilustres como el pilla-pilla, el escondite o el pañuelo. En ellas, nos podíamos relacionar con los demás superando la timidez, potenciando la extroversión, aprendíamos a cooperar y a establecer unas reglas, hacíamos crecer nuestras capacidades y movimientos. Pero, sobre todo, nos entreteníamos como nunca, porque era nuestro objetivo, disfrutar. No pensábamos en hábitos saludables o regular nuestro peso corporal. Tampoco recapacitábamos en como ganaríamos más fuerza o cuantos kilómetros recorríamos al día. Solo... disfrutábamos. Y así nos desarrollamos a nivel físico y psíquico, contribuyendo a vigorizar la personalidad, ilustrar los valores individuales y cooperativos y, en general, potenciar todos los aspectos importantes que nos serían útiles en el futuro de nuestra vida. No hace falta releer las líneas anteriores para apreciar la nostalgia por nuestras risas, caídas, amistades... y si, también sentiremos... estupidez. Perdonen la alevosía, pero se siente estupidez al denotar que algo estamos haciendo mal desde que hacemos "uso de la razón". Nuestra madurez nos habla de ir a mover palancas de aquí para allá, sentados y solos. Nuestro criterio nos hace recorrer varios kilómetros en solitario, sin rumbo y pendiente de nuestro podómetro o aplicación pertinente. Nuestro juicio nos evita jugar al parecer ridículo a ojos ajenos, supuestamente no nos permite un entrenamiento eficaz o nos resulta una completa pérdida de tiempo. Creemos tener más razón que la propia naturaleza y no recuerdan que revelamos nuestro conocimiento con nuestros delirios, no con nuestra erudición.


     El juego, considerado un mecanismo arraigado naturalmente, tiene un propósito serio, que no es otro que divertir. Busca alentar a la motivación para que entrenemos nuestro cuerpo y mente, de una manera potencialmente lúdica. La naturaleza no quiere que corras desolado escuchando la radio, más bien desea que lo hagas huyendo del contrario en una lucha, anhela verte persiguiendo al animal que robó tu preciado bien o ver la comparación de velocidad de los contendientes por mero placer. La naturaleza se aburre cuando levantas veinte veces la misma piedra. Prefiere que puedas arrojarla hacia un punto para comprobar tu puntería, le apetece evidenciar tu fuerza lanzándola hacia el infinito o se conforma con ver que la puedas mover y transportarla sin más. Son ejemplos arcaicos que destrozan el factor lúdico de prácticamente cualquier entrenamiento en comparación. ¿Empezamos a valorar a partir de ahora el tiempo de juego diario?

     Fácil, sencillo y asequible. Recluta un compañero "inmaduro" que quiera jugar en lugar de entrenar.  Busca un paraje natural con flora y desniveles, si es que quedan, en tu zona cercana, como cuando niño salías por las tardes. Estos juegos a modo de ejemplo son muy sencillos de realizar y no tienen ninguna complejidad. El primero, enfocado a rejuvenecer muchos años y como calentamiento, intentaremos gritar. Si, si, recoge aire y grita, tensa los músculos y disfruta de la liberación del estrés cotidiano. Acto seguido, enfrentaros. Como si fuera un combate de sumo, el objetivo es levantar los dos apoyos de tu adversario. Si has tenido un buen grito de guerra, con suerte has intimidado al rival lo suficiente como para pillarlo por sorpresa. Tras los esfuerzos realizados, proponeros echar una carrera. Elegid un punto de destino como "aquel árbol de allí" y una, dos... ¡y tres! Podéis tener la revancha, nadie dictamina las series, repeticiones o descansos. El último juego del día, para recuperar el aliento un poco, es un lanzamiento de piedra hacia un lugar sugerido previamente, con motivo de afinar la puntería. Mientras más lejos, mayor fuerza tendréis que ejecutar. Por cierto, ¿quien lanza la piedra mas lejos de los dos? Una vez realizado esos pequeños juegos, habrás  vivenciado, entre otras cosas: Una buena caminata hasta la zona natural, una apertura de los pulmones fuera de contaminación, el conocimiento de cuánto eres capaz de gritar, la dificultad de poder levantar a una persona, las trampas en el inicio de cada galopada hasta "aquel árbol de allí" o la puntería de ambos bastante mejorable. Pero sobre todo, habréis reído sin parar en muchas ocasiones, habréis gozado de un día diferente lejos de lo habitual, habréis desarrollado vuestras posibilidades corporales y lo más importante, es que os habréis divertido como nunca. Y es que, a veces, olvidamos que las cosas más sencillas son las que tienen mayor valor en la vida.

     En definitiva, nuestra intención con este texto es dar a entender de la importancia que tiene el juego en nuestras vidas. Muchos seguirán pensando sobre lo infantil que resulta jugar, otros cambiarán un poco el paradigma e incluirán algunos aspectos para modificar sus entrenamientos en cuanto al factor lúdico. Y el resto habrán captado el mensaje de que, una vez concluido el juego, el rey y el peón vuelven a la misma caja.