Para aquellos inconformistas en los que el aprendizaje supone
expectativas, la novedad dedica descubrimientos y diferentes caminos indican
satisfacción, solo queda aplaudirles. Sí,
el hecho de salir de la zona de confort ya es indicativo de éxito. El primer
paso es posiblemente el mas caótico a simple vista, en el que surgirán
numerosos aspectos que resultan incontrolables y en su mayoría, estresantes. A
partir del pistoletazo de salida, comenzarán a reconocer sus miedos, barreras o
carencias, procurándoles dosis de importancia para poder ganar la partida,
derrotar su límite y vencer cualquier obstáculo que se presente en el
camino. Eso sí, ¿sabes hasta donde
quieres llegar?
Para nuestra sociedad, la premisa que se ha ido buscando es
sin duda incoherente. La comodidad actual se basa en tener que desarrollar el
menor movimiento posible para conseguir los objetivos. Hemos obviado nuestra
infancia, aquella que curioseaba ajeno al miedo y a la duda, para volvernos auténticos
perezosos del confort. Y es que esta comodidad que nos invade nos hace conducir
un coche para comprar en la "lejana" tienda de la esquina, nos regala
un sofá en casa para el día de oficina tan "movidito" o nos mete en
salas de electroestimulación de gran aporte "saludable". No es lógico
querer vivir entre la comodidad y pretender gozar de una salud rocosa, de aspirar a sabio a base de conocimientos o,
simplemente, poseer un físico envidiable y tildando a platónico. Estos
objetivos necesitan esfuerzo, trabajo, energía o voluntad para poder ser
alcanzados. Es curiosa la mente humana. Muchos creen que el camino fácil es
efectivo y viable, sin pensar que el trayecto complicado repercute en el
crecimiento del sujeto que lo recorre. Buscamos
la justificación perfecta para elegir lo cómodo. Esto es prácticamente lo mismo
que no hacer nada, no mejorar un ápice, no arriesgar un pelo y básicamente, no
vivir. Si, la mayoría de la sociedad está muerta en vida, porque no cultivan el
tiempo de su vida buscando algo nuevo y desconocido, algo diferente y extraño,
algo... especial. Seamos claros, no aprovechar el tiempo es estar en una jaula encerrado,
como un roedor, donde solo come, duerme y de vez en cuando, se dedica a dar
vueltas en una rueda. La zona de confort es una cárcel de la cual no se desea
salir. Las razones primordiales para no abandonarla no son más que proporcionar
seguridad, sensación de orden y bienestar. ¿Quién saldría de ese calabozo? ¡Si es la prisión más bonita del mundo! ¿Cómo no iba a serlo, si la puerta al exterior siempre
estaba abierta y sus propios presos eran los funcionarios? Se puede recorrer
todos sus rincones, mirar en las esquinas, tocar el techo y llegar a tener un espacio
propio o territorio. Pero seguía siendo una cárcel. Cuando los días son claros,
se pueden ver sus barrotes, como humo en la distancia. Si se respira fuerte se
nota como el aire es rancio, como si estuviera respirado ya infinidad de veces.
La puerta siempre abierta. Uno puede irse si se quiere, abandonar ese lugar
hermoso e incluso volver después. Pero si se vuelve, solo volvería una sombra
de él. Lo valioso se habría quedado en la puerta, enganchado, atrapado y
agarrado. Así funciona el sitio tan bonito, por lo que uno decide escapar, huir
y abandonar tal prisión. ¿Y entonces qué? Los primeros días, horas, momentos... no son sencillos, se tiene miedo, se siente
inseguridad, se recuerda la mazmorra donde se estaba tan a gusto. Demasiado aire,
demasiado tiempo, demasiado espacio fuera de ese sitio. Luego, la persona se
acostumbra, se normaliza, y aunque a veces se acerca, deseando tocar los barrotes
de nuevo, luego sonríe y aleja la mano, como si le mordieran y quisieran
retenerle. Y es que... La cárcel más bonita del mundo sigue siendo una cárcel.
Tras el símil, ya debemos saber cómo
funciona la zona de confort que nos mantiene en el letargo y la dejadez. Por lo
tanto, habrá que salir en búsqueda de emociones, de nuevos aprendizajes y de
ampliar conocimientos. No tenemos que volvernos locos, solo tenemos que
imaginar lo que queremos y trabajar en ello. Incluso podemos hacer lo de
siempre, pero de forma diferente. Lo importante es que necesitamos aumentar nuestro
desarrollo personal, para mejorar nuestras capacidades y ser aptos para
cualquier ocasión que se presente. Habrá que realizar múltiples tareas que nos
incomodarán durante su aprendizaje y realización, con posible falta de
motivación o fuerza de voluntad, pero a cambio, obtendremos mejoras en el
desempeño de esas actividades. Lo
primordial es mejorar en todos los aspectos para sentir la menor incomodidad posible
en cualquier momento de la vida. De esta manera, aunque trabajemos en tareas complejas o actividades difíciles, nos
sentiremos cómodos gracias a nuestras capacidades. Es en este momento cuando
percibimos el triunfo y el éxito. Estos son los verdaderos instantes que
repercuten en la propia felicidad y sensación de estar realmente vivo. Una
pequeña historia refleja la importancia del tiempo vivido y, con ella,
esperamos que su lectura tenga influencia en la vida de nuestros allegados
lectores.
"Un día un hombre llegó a un lugar
bello pero también misterioso que le llamó mucho la atención. El hombre entró a
aquella colina y caminó lentamente entre los árboles y unas piedras blancas.
Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de este paraíso
multicolor. Sobre una de las piedras, descubrió aquella inscripción: Aquí yace
Abdul Tareg, vivió cinco años, seis meses, dos semanas y tres días. Se
sobrecogió un poco al darse cuenta que esa piedra no era simplemente una
piedra, era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad
estuviera enterrado en ese lugar. Mirando a su alrededor, el hombre se dio
cuenta que la piedra de al lado tenía también una inscripción. Se acercó a
leerla; decía: Aquí yace Yamin Kalib, vivió tres años, ocho meses y tres
semanas. El
hombre se sintió terriblemente abatido. Ese hermoso lugar era un cementerio y
cada piedra, una tumba. Una por una leyó las lápidas; todas tenían
inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto. Pero
lo que más le conectó con el espanto fue comprobar que el que más tiempo había
vivido sobrepasaba apenas los seis años. Embargado por un dolor terrible, se sentó y
se puso a llorar. El cuidador del cementerio, que pasaba por ahí, se acercó: ¿Qué
pasa con este pueblo? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar?,
le preguntó al cuidador.El anciano respondió: Puede usted serenarse. Lo que
sucede es que aquí tenemos una vieja costumbre. Cuando un joven cumple quince
años, sus padres le regalan una libreta. Y es tradición entre nosotros que a
partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, que abra
la libreta y comience a anotar en ella. A la izquierda, qué fue lo disfrutado
en los pequeños y grandes detalles... a la derecha, cuánto tiempo duró el gozo
interior, la felicidad, a pesar de las adversidades. Las tumbas que usted ve
aquí, no son de niños, sino de adultos; y el tiempo de vida que dice la
inscripción de la lápida, se refiere a la suma de los momentos que duró la
verdadera felicidad de cada una de las personas que descansan en este lugar. Así pues -prosiguió
el anciano dando una palmada en la espalda de su interlocutor-, cuando alguien
muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo
disfrutado, para escribirlo sobre su tumba, porque es, amigo caminante, el
único y verdadero tiempo vivido”.
Sin más que añadir, esperamos que tengan
en cuenta que la verdadera felicidad esta fuera de las cárceles
en las que, inconscientemente, hemos tomado como hogar. Tengan la valentía de
abandonarla, y conozcan más allá de lo conocido, como aquel sujeto del mito de
la caverna.
