Nos enseñaron desde pequeños varias cosas. En
matemáticas es cierto que la frase de "el orden de los factores no altera
el producto" se cumple. Pero cuando nos hacían correr en el patio durante
15 minutos al comenzar la sesión de educación física, fue el momento en el que
se perdió el norte, y más cuando acabábamos lanzando balones medicinales al
finalizar las clases. Desde entonces, la humanidad cree que el orden operatorio
a la hora de realizar las actividades físicas no importa. ¿No será mejor que cambiemos
el paradigma matemático al natural?
Puesto que tal arquetipo es complejo y difiere de
muchas formas, lo más sensato es asociarlo hacia la pérdida del exceso de grasa
corporal. Por dos motivos; el primero, al ser un objetivo tan codiciado, el
ejemplo será útil para todos aquellos que ansíen mejorar su perfil lipídico. Y
el segundo, por la facilidad de explicación en comparación con otros fines
corporales. Y como muchas personas tienen la creencia inequívoca de que para
perder peso lo mejor que puede hacer es correr... nos lo ponen muy fácil. Este
elenco de valientes que directamente se calzan sus zapatillas, presionan el botón
start de sus "wearable" de moda y devoran kilómetros en post de su pérdida
de kilos serán nuestros generosos modelos a tratar. Ya acometimos el tema de la
sociedad deportista y dejamos patente nuestra visión sobre esta modalidad
deportiva, pero nos interesa este ejemplo para dejar claro un aspecto muy
importante que no se tiene en cuenta a la hora de realizar las actividades.
Cuando sales a correr, tu cuerpo tiene un gasto energético. Para no ceñirnos a
la teoría más específica del sistema de los fosfágenos, la utilización del
adenosintrifosfato (el famoso ATP) o el sistema anaeróbico láctico, esa energía
que gastas cuando corres proviene del sistema aeróbico. Ahora bien, esta vía va
a consumir hidratos de carbono, grasas y proteínas para utilizarlo como combustible.
¿En qué orden y cantidad? Pues depende de la intensidad del ejercicio y del
volumen de oxigeno entrante. A mayor rigor de la actividad realizada, mayor es
el consumo de los hidratos de carbono, debido a la rapidez de poder obtener la
energía proveniente de la glucosa al no llegar tanto oxigeno. Hay que tomar
como apunte importante que si llegamos a un punto donde hemos agotado las
reservas de glucosa, empezaremos a captar la energía de los almacenes grasos.
Es similar a cuando ya no tienes más dinero en la cartera y tienes que
retirarlo del banco. Por contra, si la actividad realizada es de bajo
requerimiento, entonces el proceso se invierte, y se consume la grasa
almacenada al llegar al musculo una cantidad de oxigeno bastante alta para la
exigencia necesaria. Las proteínas, por su parte, son consumidas en una muy
escasa proporción, entre un 2 y un 4% según la intensidad. Pero hay que tener
en cuenta que si el ejercicio es muy prolongado y las reservas de glucógeno
muscular están agotadas, la retirada proteica del musculo puede suponer un diez
por ciento, degradando parte de la musculatura. Como ejemplo tienen la
complexión extremadamente delgada de los maratonianos. Ahora que sabemos cómo
gasta la gasolina nuestro cuerpo, tendremos que ordenar su cometido funcional.
Lo principal que se debe saber es que los ejercicios de
mayor intensidad deben ir al inicio de nuestras rutinas y los de menos esfuerzo
al final. Primero agotamos la glucosa para los ejercicios extremos y dejamos la
grasa para los ejercicios menos costosos. Y más llanamente dicho, primero
fuerza y velocidad para terminar con resistencia. Imagínense al revés. Primero
corremos unos kilómetros, habremos gastado nuestras reservas de glucosa e
intentamos hacer unos ejercicios de fuerza como por ejemplo, unas flexiones con
palmadas, con la energía lenta proveniente de las grasas con el poco oxigeno
que han podido captar. No concuerda, ¿verdad? Si lo hemos entendido bien,
habremos llegado a la conclusión de que si queremos eliminar de nuestro almacén
un poquito de grasa mas fácilmente, tendremos que realizar actividades de muy
escaso coste metabólico, o utilizar antes nuestra cartera y retirar todos los
hidratos de carbono para poder sacar más sustancias grasas de nuestro banco,
aunque repercuta en nuestra musculatura tras el pequeño porcentaje de retirada
proteica. Este último aspecto, puede ser engañoso. Mientras menos potencial
tenga un musculo, menos requerimiento energético tendrá. Y esto es importante.
Si tu objetivo es gastar toda la grasa almacenada de tu cuerpo, ten en cuenta que
es mas fácil conseguirlo teniendo un buen potencial muscular que consuma 20
litros de gasolina que otro que sea un mechero de 5 litros. Y el consumo del
primero es muy alto tanto a ralentí como en su máxima expresión. Otro factor
importante que impulsa el gasto de nuestras reservas calóricas es la grasa parda
y su relación con la termogénesis. En definitiva, no se debe realizar
actividades largas en el tiempo porque se deteriora el musculo, si se destruye
musculo entonces perjudica el rendimiento y consumo, y si gasta poco es más
fácil acumular grasa en el almacén. ¡Menudo circulo vicioso! Pero entonces...
¿Qué se puede hacer?
Es más simple de lo que parece. Hay que tener una vida agitada
donde caminar esté a la orden del día. Se deben hacer diferentes tareas que repercutan
en el movimiento diario. La solución no es estar 23 horas tumbado en el sofá,
montado en el coche y trabajar una sola en un gimnasio moviendo palancas de un
lado para otro. Añadir de vez en cuando juegos que repercutan en las posibilidades
corporales o dedicar unos minutos diarios a la máxima expresión del gasto energético
del cuerpo con un sprint agotador son pequeñas claves. ¿Claves para qué? Para
entender el lenguaje de estímulos de nuestros músculos, para comprender las
señales que nos manda nuestra mente, para concebir los cuidados de nuestra
herramienta más importante. Porque para nuestro cuerpo, el orden de los
factores si altera el producto.